Casualmente, eché la culpa a mi jefe. "La empresa con la que colaboramos tuvo problemas para liquidar sus cuentas a fin de año y mi jefe presionaba para que les pagara. Decidieron liquidar con bienes".

Como se dedicaban al negocio de la carne de cerdo, mi jefe convirtió los bonos de este año en carne molida para que los empleados se la llevaran a casa y hicieran albóndigas".

La abuela se quedó atónita. "¿Tanta carne? ¡Deben ser al menos doscientos cincuenta kilos! ¡A este paso, tardaré muchísimo en hacer albóndigas!"

El abuelo suspiró. "Bueno, supongo que me tengo que quedar aquí hoy. Planeaba quedar con mis viejos amigos para una partida de ajedrez, pero parece que ya no es posible".

Después de despedir al carnicero, me dirigí a mi padre. "Papá, no podemos desperdiciar toda esta carne. Los abuelos ya han hablado, así que mejor ponte a trabajar y prepara albóndigas con nosotros. Lávate las manos y ponte a trabajar".

Refunfuñando sobre lo poco fiable que era la empresa, mi padre se arremangó y se puso a trabajar. A los pocos minutos de cortar verduras y hierbas, ya estaba sudando abundantemente.